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La noche

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Oscuridad de campo, negrura a cielo abierto. No negocia para ver y vuelve áspero sus brazos. No hay visita de vecinos después de comer, solo espesura atezada. ¡Quien pueda mirar su interior,  que se atreva! Cielo estrellado y negrizco. Selectivo, y de temer. Azabache que comparte con tus ojos, que a veces parecen café. Hueles a noche húmeda y calles de pinos. Andar tus caminos es como dar, pasos en la noche y en su negrura.

Nictofobia

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  ¿Es acaso este miedo racional? No le temo a estar solo, No tengo pánico ni ansiedad, Mí malestar empieza cuando ella me abraza, Me abraza y me busca en mí soledad. La habitación se pone más fría Corazón parece galopar, Sudor que precipita por mis sienes. El dolor que empieza,  hasta que ella no se va. ¿Está todo en mí cabeza? ¿Deberé verla así de una, y sin más? Pero no puedo mirarla a los ojos, Ni siquiera de reojo finjiendo algo casual. Respiro; pronto pasará... ¿Porque le temo tanto a ella, Y no a mí orgullo o vanidad? Valiente deberé mirarla,  enfrentarla una vez mas Ella toda presente, imponente  y taciturna. Ella es completa oscuridad.
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Lirios y rosas. Tú, un paisaje. Viva imagen, aquella tarde en el prado. Tus besos y halagos No vivieron de igual modo que el recuerdo. Bella ficción ahora c ortada. Que pena me da, Ver la rama seca Y lo que queda de ti.
Esos besos que al besarme te desintegras en mí boca. Y al besarme todo es arte; todo el tiempo.

Suelta

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Suelta lo viejo; los sueños; crea  nuevos Y arma valijas. Escribe al viento pensamientos, Que regocijan con brillo  el alma. Susurra lentamente, las claves  escondidas inconscientes. Suelta lo físico y lo etéreo. Suelta el velo de tus ojos, ábrelos; respira; sonríe. Vive de verdad, con lealtad Y con la verdad  en el pecho  y en la boca.

Descansando

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  Descansando,  conciencia  efímera como la vida. Reconociendo errores, mirada llevada al pasto Y a un horizonte  azul oscuro,  como dibujado con acuarelas marinas anula en ese instante penas y  existencialismos. Dilema  compite entre desinterés y abnegación  en una naturaleza  eminente.

Velorio

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Estaba en un velatorio simbólico. Estábamos vestidas con musculosas y chancletas. Sentadas en sillas que databan de los 80'; hablamos poco en una ronda pequeña. Quien sufrió el desconsuelo de la pérdida detallaba los últimos momentos. Pocos aportes al hecho y muchas lágrimas reprimidas. Tonta regla que inculcaron nuestros padres para que aprendamos a no llorar. El tenía un pelaje sedoso. Él era siamés y acompañaba a su dueña con una mirada tierna que seguramente ella estrenará en su regazo los domingos de tele acostados en el sillón. Mis lágrimas eran en realidad una cascada atajada por una gran represa llamada garganta y no se si era del diablo, pero me ahogaba en un gran nudo de pena. Me iba a poner a llorar por el gato y me contuve. Sabía muy bien que no iba a llorar solo por eso...